Flannery O'Connor
Luis Fernando Figari
En castellano no es frecuente destacar que un escritor o novelista es católico. ¿Quizá será porque en el mundo cultural de habla castellana la mayoría de las personas son hijos de la Iglesia? Pareciera, pues, darse por descontado que así son las cosas. En otros lugares, como por ejemplo los países de habla inglesa, no es así. Un autor católico se suele identificar como tal, o los críticos literarios no dejan de hacer referencia a ello. El caso del famoso novelista y pensador Walker Percy es un ejemplo típico. También ocurre esa identificación de la fe del autor en el caso de Mary Flannery O'Connor. En una ocasión, refiriéndose al trabajo de autores católicos, ella señalaba que incluso entre los católicos "todas las circunstancias del autor son ignoradas excepto su fe".
Sureña
Sus obras reflejan claros rasgos del sur de los Estados Unidos. Nació en Savannah, en el estado norteamericano de Georgia, en 1925. Era descendiente de algunos residentes católicos que emigraron a ese estado cuando las leyes anticatólicas dejaron de tener vigencia hacia finales del siglo dieciocho. Vivió en Milledgville y sus afueras casi toda su vida. A principios de los '50 le diagnostican lupus, enfermedad que la acompañará hasta el final de su terreno peregrinar. A causa de ella se complica una delicada operación por un cáncer, que le realizan en 1964. Luego de unos días de pedir y recibir la Unción de los Enfermos, cae en un coma del que no se recuperará. Su tránsito ocurre el 2 de agosto de ese año.
Una obra compleja
Desde 1946, O'Connor escribe numerosos cuentos que luego de ser publicados en revistas son editados en libros. También toma parte de ese material y lo transforma en novelas. Póstumamente se ha publicado su iluminadora correspondencia. Sus cartas no se pueden soslayar si se busca entender su vida y su obra.
A pesar de su popularidad, que en vez de declinar sigue aumentando, O'Connor no es muy comprendida. No son pocos los libros y estudios de su obra que se siguen publicando desde perspectivas disímiles. Son ya algunas decenas de libros, numerosos capítulos de otros muchos, y quizá centenares de artículos los que buscan captar el sentido de su obra. Así como en vida ella misma muchas veces tuvo que aclarar el alcance de su obra, hoy se pide a las páginas que escribió que expresen el impulso y el horizonte de quien las redactó.
Dado lo realmente complejo de desentrañar la clave de la literatura de esta famosa escritora, habría que creerle cuando dice que toda su obra está llamada a mostrar la acción de la gracia. Y claro, tener en cuenta que ella misma señala que puede darse una "falta de comprensión de cómo aparece la operación de la gracia en la ficción".
Ciertamente Flannery O'Connor era católica practicante, y muy consciente de su fe. Amaba a la Iglesia y creía lo que Ella enseñaba. Su correspondencia lo refleja de manera inequívoca. Hay que contar siempre con esa realidad de fe. Pero, sus obras no parecen ser tan transparentes, de atender a la variedad de opiniones. Y, claro, se trata de obras simbólicas. A través de los personajes la autora busca comunicar un mensaje ateniéndose a los cánones de su arte y del cuento y de la novela. Si la perspectiva del lector se sumerge en la trama y no logra profundizar en el simbolismo con que la autora diseña su relato, entonces se queda en el aspecto externo de la dinámica y pierde el mensaje. Claro que si no acierta con el significado intentado por la autora, igualmente permanece al margen de su mensaje.
Por ejemplo, Harold Bloom, reitera en 1999 un argumento que -al parecer infructuosamente para alguno- O'Connor trató de esclarecer. Ella -dice Bloom- "era ardiente en proclamar el Pecado Original y la Caída, pero confío en los relatos y no en la escritora. Sus más importantes historias no muestran a la gracia corrigiendo a la naturaleza, sino más bien la condición en la que todo cayó precisamente cuando y como fue creado". Es justo decir que Bloom tiene una visión de la vida religiosa en Norteamérica, y que puede que ello sea el filtro bajo el cual emite algunas de sus opiniones. Ante ello cabría preguntarse: ¿es que busca un relato directo o acepta el desafío de desentrañar la significación que la autora da a sus personajes y relatos? Es también justo decir que no es el único que se mantiene en cierto desconcertado suspenso ante la obra de Flannery O'Connor. Al mismo tiempo hay que tener en cuenta el código hermenéutico del lector, en este caso del crítico, para ver si está en condiciones de leer a una autora que sin lugar a dudas muestra una complejidad que se inscribe en un elusivo resguardo, ciertamente más profundamente que la trama y el carácter usualmente chocante de sus relatos.
No pareciera posible leer la obra de la autora norteamericana sin atender a las reflexiones y claves que ella misma ha ido ofreciendo sobre su trabajo. Hay que creer a la escritora y ver si uno descubre en sus escritos lo que ella dice. Ciertamente en el caso de la O'Connor se hace muy necesario, aunque la obra tenga vida propia.
Ella utiliza la apariencia como significando cosas siempre más profundas. Tras la primera impresión, tras la lectura ordinaria, suele estar encerrado un significado más profundo, al que intenta apelar. Su obra parece estar dirigida a interpelar al lector que sea capaz de dejarse interpelar, o si no simplemente entretenerlo por la ironía o llevarlo a estrellarse con las figuras desagradables que emplea para expresar su mensaje.
Sus obras pueden gustar o no, pero el hecho es que siguen fascinando a muchos lectores. El trasfondo religioso está siempre presente. Algunas veces de manera desconcertante. Y, una vez más, se hace indispensable ahondar en el juego simbólico que la autora emplea y en el rol que lo religioso desempeña en él. Se trata de descubrir cómo apunta a lo profundo. Y, así, no pocas veces lo que a primera vista aparece no es más que la cubierta de un significado mucho más denso y complejo.
Buena parte de la obra de O'Connor debe tomarse como una denuncia profética de vidas que se escudan en lo rutinario de costumbres o creencias y no llegan al núcleo auténtico de la persona. El camino que ella escoge para expresar esta situación de vida que se desplaza en lo epidérmico de la existencia, de una vida signada por la mentira, aunque la persona no sea consciente de ella, puede o no ser el adecuado. Si logra su objetivo, cada lector debe decirlo ante su reacción a lo que lee. Pero, una vez más, debe subrayarse que el testimonio de lo que la autora pretende es ciertamente iluminador. De allí la importancia de buscar la clave de su mensaje, más allá de todo mérito artístico que se le pueda reconocer.
¿Cuál es la clave?
La misma O'Connor ha dicho que es la gracia actuando en la vida. Ése sería el código para empezar a entender sus cuentos y novelas. Y, ante quienes señalan que no descubren eso en sus escritos de ficción, responde señalando que hay quien quiere leer sobre la gracia como "cálida y unitiva, y no oscura y disruptiva". Ella ciertamente vive la sacramentalidad del mundo. Su biografía la muestra con una gran sensibilidad para con todas las creaturas de Dios. Pero, en esa dinámica de la sacramentalidad, Flannery se siente tocada por un llamado a utilizar su arte para ayudar a ver lo que está oculto. Y según parece considera que un buen camino para ello es apelar a lo chocante y deforme para llamar la atención sobre ello. La ironía aparece evidente en su obra. A través de ella busca apelar al lector, sin "suavizar su visión de las cosas". Si se prescinde de esa perspectiva de la sacramentalidad de la realidad que apela a algo más, y si se ignora la dimensión irónica difícilmente se puede entender el sentido de lo que dice a través de su obra de ficción.
Para Flannery O'Connor, el autor está situado en una época. Ésta constituye el marco en que debe escribir. Casi con nostalgia evoca a Dante y su equilibrada obra entre el bien y el mal, en la que "divide bastante equitativamente su territorio entre el Cielo, el Purgatorio y el Infierno". Las convicciones de este tiempo no le parece que permiten una tal división. "Hoy vivimos en una edad que duda de los hechos y valores, que se mueve así y por convicciones momentáneas, que considera la religión como un asunto privado". Situada en este tiempo, "la novelista ahora tiene que conquistar -un nuevo balance- contrapesando la herejía prevalente". Ella se ve con una misión que quizá se podría calificar en un sentido amplio como profética.
Con realismo dice que las opiniones sobre la herejía prevalente diferirán. Quizá porque no hay una sola. Pero, para ella, la necesidad de reflejar el acto redentor, de que lo que cae sea restaurado, es ineludible, pero no al costo de olvidar el precio de ello. Piensa que hoy se olvida esta dimensión, y que el lector sucumbe a una expectativa en que: "Su sentido del mal está diluido o ausente totalmente, y por ello se olvida el precio de la restauración. Ha olvidado el precio de la verdad, hasta en la ficción".
Flannery O'Connor, desde su experiencia de fe, por la historia de su vida, en el marco social en que vivía, considera que el "shock" es fundamental para mostrar la dimensión de misterio en la existencia humana, para abrir las conciencias a la realidad del mal, para mostrar la sacramentalidad de la existencia, para dejar que la verdad ilumine el camino de quien recorre esta vida tras la esperanza de Aquel que murió en la Cruz para redimirlo todo. No es fácil leerla, tampoco necesariamente es agradable hacerlo, pero si se descubre su clave puede encontrarse en su obra una visión que por contraste abra un horizonte positivo.
Ó CEC Internacional
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