1. Introducción
Quisiera empezar saludando cordialmente a todos los presentes, particularmente a las autoridades del Pontificio Consejo para los Laicos.
Adherirse al Señor Jesús, vivir la fe, dejarse tocar por el esplendor de la Revelación y por su belleza como apropiación existencial de la Verdad, es hoy ocasión de mayores o menores conflictos con el ambiente y a veces incluso en el seno de la propia familia. La cultura de muerte casi parece ofenderse porque su opción de cultura profana no haya logrado que se destierre totalmente a Dios y a la libertad de seguir su divino Plan en el mundo que su ingeniería está construyendo.
Pero los desafíos a la vida cristiana no solamente son externos. Existe una extendida inconsistencia en la fe de muchos que repercute debilitando su credibilidad para la juventud. Por lo demás, los propios problemas de identidad cristiana y eclesial en el seno del Pueblo de Dios constituyen también un anti- testimonio activo y doloroso, cuyos efectos muestran ser devastadores por las características de resonancia y de globalidad de la cultura moderna. A esto se junta un fenómeno que no es nuevo pero cuyos efectos sí lo son: los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz2. Por eso, precisamente, el Señor invita a sus seguidores a despertar del letargo, a «ser astutos»3. Hoy se constata una grave inconciencia y negligencia que se traduce en ignorar la propia historia, las expresiones de la vida y del pensamiento cristiano, en especial de los últimos tres o cuatro siglos, lo que contribuye a la difusión de un mito del “progreso” de visos iluministas que encierra una dinámica de debilitamiento de la fe que afecta a muchos, particularmente a los más jóvenes.
Estas situaciones deben ser tenidas en cuenta para que al hablar de educación en la fe de la juventud no se quede uno en abstracciones y buenos propósitos. Precisamente, el Papa Benedicto XVI diagnostica que los jóvenes «se sienten fácilmente atraídos por otras cosas, por un estilo de vida bastante alejado de nuestras convicciones»4. Por ello, ante el espectáculo de un mundo que cierra los oídos al anuncio de la fe, el Santo Padre señalaba no hace mucho: «Tenéis la tarea de volver a proponer, con vuestra competencia, la belleza, la bondad y la verdad del rostro de Cristo, en quien todo hombre está llamado a reconocer sus rasgos más auténticos y originales, el modelo que hay que imitar cada vez mejor. Así pues, vuestra ardua tarea, vuestra alta misión consiste en indicar a Cristo al hombre de hoy, presentándolo como la verdadera medida de la madurez y de la plenitud humana»5. He aquí una preciosa clave que ofrece el Papa Benedicto para la educación en la fe de los jóvenes: presentarles al Señor Jesús como quien ilumina su realidad personal, sus preguntas más inquietantes, su horizonte, su despliegue como la clave definitiva para comprender el sentido de la vida, el camino para llegar a la realización personal, y a su plenitud en el encuentro definitivo con Dios6.
2. Presupuestos
Es sabido que todo proceso educativo presupone una idea del ser humano; tanto más la formación religiosa. «El sujeto de la educación cristiana es el hombre completo»7, decía claramente el Papa Pío XI. Y con el realismo propio de la aproximación cristiana movía a recordar que se trataba del hombre caído, con la
“semejanza” herida y la falta de equilibrio en sus inclinaciones, aunque rescatado por el Señor Jesús quien le ofrece el camino de la reconciliación.
Para acercarse a la imagen del hombre completo y no a visiones mutiladas, debemos tener presente que hemos sido creados a «imagen y semejanza»8 de Dios, que llevamos los seres humanos su huella en lo profundo, y que precisamente el Verbo Eterno ha asumido la naturaleza humana en el vientre Inmaculado de María para redimirnos, para mostrarnos nuestra identidad y dar sentido a nuestras inquietudes más íntimas, impulsándonos por el sendero del despliegue personal hacia el horizonte del encuentro pleno en el Amor.
Las metas del proceso formativo en la fe han sido formuladas notablemente en la declaración Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II9. En ella se nos dice que si bien se persigue, como es lógico en una perspectiva cristiana, la madurez que lleva a la persona a su realización, se busca sobre todo que quien ha recibido el Bautismo se haga más consciente de la fe recibida, iniciándose en el conocimiento de los contenidos del misterio de la reconciliación, aprenda a adorar a Dios, particularmente en la liturgia, y se forme «para vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad»10 orientándose a alcanzar la estatura del hombre perfecto, el supremo hagionormo. Igualmente, se ha de profundizar en la propia vocación, dando testimonio de la esperanza11, contribuyendo al crecimiento de la Iglesia, «y a ayudar a la configuración cristiana del mundo »12.
Aproximándonos al tema desde la perspectiva de la fe de la Iglesia y del hombre completo, tenemos que será necesario conocer el misterio de la salvación y sus alcances en la personalización del ser humano (fe en la mente); será necesario adorar a Dios, adherirse vitalmente y dejarse configurar al Señor Jesús (fe en el corazón); vivir la vida cristiana, dar testimonio de la esperanza y ayudar a la transformación de la sociedad y la cultura según el divino Plan (fe en la acción).
3. Fe en la mente
La fe en la mente corresponde al espíritu del sujeto cognoscente. Cubre el aspecto intelectual, pero no en un sentido frío, sino vital: «conoceréis la verdad y la verdad os hará libres»13 y «por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad»14. Estas sentencias del Señor muestran un horizonte de aprehensión de la verdad que va, muchísimo más allá de un cerebralismo, a la dimensión existencial del ser humano, lo que resulta especialmente atractivo para el joven.
El aspecto categorial de la fe no es eludible. Más aún, «la verdad es el alma de la belleza»15. La categoría de “encuentro” o la misma perspectiva de “belleza”, a pesar de su alto valor, no lo suplantan. La Iglesia siempre ha mantenido la importancia de la formación intelectual, especialmente en el campo de la fe. Uno de los graves males de nuestro tiempo es relegar la doctrina de la fe, y por ello una comprensión inadecuada facilita su disolución al chocar con el secularismo agresivo o tantas de las otras amenazas a la fe que se dan en el mundo de hoy. Parecería que la political correctness del mundo norteamericano ha llegado a muchos y “suena” desagradable insistir en la adhesión a la verdad. Pero la persona, y el joven en particular, son buscadores de la verdad16. Sea como fuere, una fe mal conocida será una fe mal vivida, la práctica moral será todo menos coherente y el culto será inexistente o epidérmico, como constatamos hoy a cada paso y ciertamente no sólo ni principalmente en la juventud.
Sin embargo, a pesar de su trascendencia, hay algunos que no consideran importante la fe en la mente. Así, podemos comprobar cómo en muchísimos campos de formación católicos se ha abandonado la formación religiosa o se la ha reemplazado por procedimientos subjetivistas, en muchos casos con un marcado sesgo emotivo y sentimental, como si la fe fuese un asunto sin importancia sobre la cual cada uno puede opinar lo que le parece o lo que su capricho le dicta.
Detrás de estos errores de perspectiva podemos encontrar un activismo o un reduccionismo, o quizá la ausencia de capacidad o de conocimiento, o la pérdida efectiva de la fe y su sustitución por sucedáneos “impactantes” o por nociones sociológicas o antropológicas de moda.
Desde el esplendor de la verdad de Dios, se descubren los auténticos dinamismos íntimos, así como los valores y claves decodificadoras que orientan y dan sentido a la actividad humana, y aun más a las interrogantes propias del joven.
La orientación que se debe seguir en este campo es la de proporcionar conocimientos adecuados para satisfacer el impulso de búsqueda del joven, que sería el primero de los actos de la prudencia, consiliari. Esto es consultar o hallar. Así el joven queda en condiciones de analizarlos a la luz de la recta razón, juzgando si lo hallado es apto para el fin, lo que es el segundo paso de la fórmula prudencial —iudicare—. Y si su conciencia informada así lo acepta, en la comunión de fe, hacerlos suyos quedando mejor capacitado para interpretar cristianamente su relación con Dios, consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. En este proceso se debe colaborar con el formando para que aprenda a pensar críticamente y a desarrollar una perspectiva integral del saber humano. Juntamente se le debe iniciar en sólidos conocimientos catequéticos así como de antropología y psicología cristianas, a modo de evitar una tensión entre el desarrollo mental y su madurez, por un lado, y el contenido y proyección de su fe, por otro.
Durante todo el proceso de la formación cristiana se debe desarrollar una pedagogía apelante de manera que se pueda captar y mantener el interés del educando. Ello no es un asunto de artificio, sino de ahondar en la verdad, de dejarse iluminar por su esplendor y destacar del rico depósito de la fe aquellos acentos que respondan a un proceso orgánico orientado a los educandos, atendiendo su determinada realidad17.